Era el presentimiento de una certeza final que
venía, se asomaba, se imaginaba. Hoy llega. Como un sable que actúa escribiendo la definición. Clava sus uñas y su verdad. Ya no
hay más intuiciones ni figuraciones. Es real. Su concreción ruidosamente
tangible, y cercana, empuja como la espuma de una gran ola. Todas las palabras
que afiné con todo mi amor han de quedar en la historia. Incorporadas en el
papel, en el cuerpo y en nuestra danza. No más palabras. No más recuerdos de
duraznos sangrando. No más de esa sangre como tinta de escritorio. La
ambigüedad y la incómoda ambivalencia de tu ausencia presencia que merodeaba el
eco de mis pájaros infames han de fluir, poco a poco, en su evanescencia. Por
supuesto. La verdad de hoy, con su rabia y su dolor y comprensión
entremezcladas pisarán tan fuertes los parpadeos de neón que aún se asomaban por
las paredes de la ciudad en ruinas, que no habrá más, nunca más, palabras, vientos
y música.
"Escribe cualquier cosa. Que sea verdad o mentira no tiene importancia. Habla, pero habla con ternura, pues es toda la ayuda que puedes prestar. Construye una barricada de palabras, tanto da lo que signifiquen". -John Berger-
miércoles, 16 de octubre de 2013
viernes, 11 de octubre de 2013
Más que las palabras y las cosas.
Más que las palabras y las cosas.
Piensas en la escritura pero tienes que leer
para sobrevivir o quieres leer para revivir. La incompatibilidad de ambas
prácticas en un solo instante empuja a que conduzcas tus energías en una sola
de ellas. Sin embargo, sobre toda las cosas y en última instancia, es la respiración la que se impone brutalmente.
Tenemos que respirar. Respiro luego existo. Luego, ya dando unos pasos más,
leo. La perdición del alma en la lectura y la tiranía de las palabras sobre un
mundo de imágenes en movimiento que limita con el infinito, hacen que, así como
de repente, olvidemos la consciencia de la respiración. Yo por lo menos me
olvido y puede que alguien más también. No lo sé. Pero cuando vuelvo sobre la
respiración: las imágenes, las palabras, los muertos y los vivos de la
creación, se destruyen. Se anulan. Y vuelve la conciencia y la respiración en
interacción, en su lenguaje. ¿Qué se puede llegar a sentir de esa serpiente? El
ritmo y la huella de su trayectoria en los misterios de nuestros cuerpos
conducen a una lenta conmoción de fuerzas ciegas innombrables. La respiración
ni sobrevive ni revive, sólo vive. Y digamos entonces que una de las batallas susurrantes
entre la lectura y la respiración es la que pone en tensión y conflicto la
sobrevivencia o la re-vivencia (tragedia-fantasía; impotencia-omnipotencia;
Joseph K.- Alonso Quijano) contra la vivencia. Por ahí, sólo digo que la
consciencia se fascina con el vórtice de la imaginación de las palabras y se
olvida completamente de la respiración. Con la intrínseca ambivalencia de que
ocurra viceversa.
miércoles, 2 de octubre de 2013
Sol-edad y cervezas.
Sol-edad y cervezas
Llegué a las bancas que están a la entrada de
La Chascona con una lata de cerveza. Me la tomé religiosamente con toda la
fuerza del sol en mi cara y las voces de los turistas que visitaban el
patrimonio burgués del ex candidato presidencial comunista chileno. Luego de
conseguirme fuego con una pareja de brasileños, es que llegué a la conclusión de
que aquel lugar es uno de los pequeños puntos de Santiago en que puedes
escuchar distintas lenguas del mundo y sentir así por un momento la sensación
de viajar por las culturas que están más allá del desierto y la cordillera.
Aparecen dos jóvenes vagos subiendo la escalera
de cemento que está a un costado de la entrada de La Chascona. Uno llevaba una
guitarra en la mano (le faltaba la primera cuerda) y el otro una botella de
cerveza sellada. No bien se percatan de mi soledad en sol y me preguntan: “¡Buena
flaco, ¿qué haces?”, “dialogo con el Sol”, le respondo (ya me había tomado la
cerveza). “Ven a sentarte con nosotros”, me dice uno. En ese entonces el sol ya
había calcinado toda mi conciencia persecutoria, por lo que no tuve ningún
segundo para evaluar la situación y desconfiar de su gesto amistoso. Fui hacia
donde ellos y me ofrecieron un vaso de cerveza. Mientras le daba a los primeros
sorbos, vi en ellos al prototipo del viajero descuidado alcohólico, haciendo
así del lugar turístico dos postales de la vagancia hippie chilena. Ricardo, el
guitarrero, me mostró su dentadura. Le faltaban varios dientes, pues me contó
que estuvo viviendo trece años en Europa integrando una banda de punk rock, y
que cuando estaba en su máximo romance con una chica de Luxemburgo, la policía
de Bélgica lo tomó preso y le dio una pateadura de aquellas que te dejan sin
dientes. Nunca me quiso contar toda la historia, porque ya estaba cansado de
narrarla tantas veces. Le dije que no me la contara, que era mucho mejor así.
Mientras
compartíamos nuestra admiración por Luca Prodan, me contó que el día anterior
en una fonda de fiestas patrias un amigo le vendió pasta base a dos lucas, y
que no podía haber estado más que feliz, ya que el resultado fue el mismo viaje
que invita la heroína. No quise cortarle la inspiración de su relato con
recordarle que Prodan huyó de Europa para dejar la heroína por una guitarra y
resucitar en Argentina. Era tanta la emoción de su nuevo descubrimiento, el
sentir la valiosa cualidad de la heroína en una simple y barata pasta base, que
abrió su morral y sacó el polvillo blanco que aún le quedaba. Su amigo sacó de
su bolsillo la pipa y comenzaron a quemar. Me ofrecieron con toda la inocencia
de un niño, y con esa misma inocencia me negué, sintiéndome a la vez un estúpido
pequeño-burgués, porque¿cómo podía haber estado compartiendo con ellos la lúcida
locura de Prodan rechazándole después el polvillo blanco con ecos de heroína?
Ricardo habló en inglés y un poco de alemán.
Conto hasta diez en griego y saludaba a los turistas de La Chascona en francés.
Luego del cuarto vaso de cerveza que me ofreció sacó su guitarra y comenzó a
cantar. Lo acompañé en la canción de El
baile de los que sobran de Los Prisioneros, Loca de Chico Trujillo y una cueca media tangueada. Me pasó su
guitarra y sólo punteé y canté la primera estrofa de Wish you here. Así fue como por un momento me sentí una postal
exótica más de los lugares turísticos de Santiago. Su amigo había desaparecido
hace ya un buen rato, cansado de haberle tirado mierda a toda la gente que no
tenía fuego para prender su cigarrillo, yéndose a perder por las calles pidiendo
encendedor. Ricardo, luego de haberle revelado mi inexperiencia en la heroína y
la cocaína y en cualquier droga sintética,
se paró frente a mí y proyectando suma autoridad me dijo “Mira loco, yo
te voy a explicar cómo es que se consume la heroína”. Fue entonces ahí cuando
pude comprender mejor la cuchara que pendía sobre su pecho. Pasaron unos diez
minutos más y comencé a extrañar mi estado de soledad anterior, haciendo el
amor con el Sol en plena banca. La pregunta sentenciadora que me hizo Ricardo
“¿Tú eres un burgués?”, fue el rayo cristalino que develó mi ficción del ser
errante. Me despedí del amigo Ricardo
con la excusa que tenía que ir a trabajar. Me fulguró con su mirada increpándome
“¡Me dejaron solo!”.
Cuando ya llegaba a Plaza Italia tomo mi
celular y veo que tenía una llamada perdida. Devuelvo la llamada y era Antonio,
¡Don Antonio Parra!, el fantasma de ochenta y cinco años que conocí una vez
vagando por las calles de Valparaíso. Nos encontramos en el “Triángulo de las Bermudas”,
etiqueta que le puso él a una esquina del pasaje Fisher, donde “la gente llega
y no sabe a dónde ir, se pierde”. Aquel día fue el primero de los dos días en
que compartimos caminando por las calles de Valpo. Lo invité a unos cafés con
medias lunas, como modo de intercambio a sus cátedras de historia social y
política del puerto; su paso por programas de radio teatro en Suecia y Chile; y su anécdotas de las muchas veces
que apareció en televisión y en la prensa. Fue él quien me reveló el sagrado
secreto de que Valparaíso fue diseñada por el pincel de un ángel borracho, que
la forma de sus calles y casas no tenían más que esa única explicación. Su
llamada fue un rayo. “Hola Patricio, ahora me acuerdo de ti, no podía acordarme
sólo con el registro de mi celular. Bueno, estoy en cama hace cuatro días, mi
salud ya no me deja caminar, y lo que más me duele hijo, es la soledad, he
estado llamando a la gente por celular pero todo me dicen que no pueden o que
tienen otras cosas que hacer. El doctor me dijo que toda la baja de mis
defensas se debía a la tristeza. Me siento muy solo y no sabes cuánto duele la
soledad. Espero no haberte molestado y ojalá nos veamos pronto. Muchas gracias
por escucharme y disculpa”. Me acordé inmediatamente de La Soledad de Los Moribundos de Elias y qué mal me sentí
convirtiendo automáticamente el profundo dolor de un alma humana en el título
de un libro. Qué cabeza más hueca. No sabía que responderle a Don Antonio, ¿qué
podría aportarle mi experiencia al viejo sabio de Antonio? “Búscame en Youtube”,
agregó, como si estuviese recurriendo a los últimos recursos para quedar en la
memoria de quien supo de su existencia y así escapar de la muerte haciéndose
inmortal. Mi visita a Don Antonio en mi próximo viaje al puerto es ineludible,
así como las cervezas y la música que le llevaré para acompañarlo. Ya tengo su
número y el rostro de su soledad.
La soledad en la vagancia resulta una lucha
permanente consigo mismo, es como si la conciencia estuviera rebatiendo
infinitas voces fantásticas y sentenciadoras. El Sol viene a socorrer a la
conciencia desventurada quemando con sus rayos todos los gritos de mis pájaros
y la cerveza ahoga todo el fuego fatuo que sube por mi estómago. ¿Qué se yo de
todo esto y al mismo tiempo qué soy yo en toda esta ficción? Soledad de la
marginación y del tiempo. Soledad en una muerte lenta y en una muerte
imperiosa. La soledad de la curtida vagancia y la vejez casi inválida son ellas
mismas lecciones reales que se presentan como dos garrotazos estruendosos sobre mi cabeza y que terminan por darle muerte a los rayos del Sol y a la cerveza como
falsos auxiliadores. Pájaros infames muertos por manos callosas.
sábado, 28 de septiembre de 2013
La doble mierda
La doble mierda.
Hay que decirlo directamente: tenía ganas de
botar mierda. Recorro las calles de Bellavista y Constitución preguntando en
cada uno de sus bares por la disponibilidad de sus baños a recibir mi mierda
(claramente que no se los plantee de esa manera). Las primeras respuestas constituyen la razón
fundamental para comenzar a blasfemar que las personas de este país son una
mierda. Aunque con un ánimo de justicia, es pertinente acotar que no todas las
almas de este país son una mierda, sino
que lo son los dueños o trabajadores de bares y restaurantes que aun teniendo
el poder de facilitar sus inodoros para que tranquilamente un inquieto esclavo
de la necesidad inmediata pueda descargar su mierda, se nieguen, o peor aún, te
cobren, manteniéndote en la angustiosa desesperación de no poder descargar ¡tu mierda!
El cobro del baño es “algo que sólo lo pueden hacer los chilenos”, reclamaba
una amiga argentina cuando tuvo que sufrir la misma situación, y creo que su
ojo antropológico no deja de ser certero. ¿Se hace más indigna el alma humana
cuando convierte la satisfacción de una necesidad básica en mercancía? Está
claro que la putrefacción de las almas que cobran por el uso del baño pudiendo
no hacerlo tienen un doble olor a mierda.
Acaba de caer en mi mente un rayo de recuerdo.
Aquella noche en que conocí y besé al primer amor de mi vida sufrí también por
la necesidad de botar mierda. Entre bailando y creando los primeros verbos de
nuestros cuerpos, es que le dije sin ninguna intención de abandonarla que
necesitaba por un momento el placer de la mierda, reemplazando así, sólo por
quince minutos, el objeto de mi deseo sexual. Al parecer así fue como la
enamoré.
Mierda, mercancía y amor se pueden conjugar en
una sola situación y sus respectivos recuerdos asociados. Y si somos atrevidos,
son los tres problemas fundamentales que urgen a toda alma humana.
lunes, 23 de septiembre de 2013
A un vagón
A un vagón.
El indigente entra y hace uso de uno de los
asientos del penúltimo vagón del tren. Los pasajeros sentados a su alrededor
más quienes iban parados en el pasillo comienzan a inquietarse. La sensibilidad
de sus olfatos obliga a observar asqueadamente al atorrante; se miran entre
ellos para acordar la sincronización de llevar sus manos sobre las narices y
así acumular la fuerza de la complicidad para ir parándose uno a uno y caminar
hacia el centro del vagón, dejando completamente solo al miserable. Este ni
siquiera se inmuta. Puede que la familiaridad de la situación no sea ninguna
novedad y menos unas aflicción. En el vagón de los refugiados de la
putrefacción se halla uno de los intelectuales más agudos de Chile. Tomás
Moulian (¿cuántas veces ya me lo he topado?) sentado con su sobrina ni siquiera
se percata de toda la desdicha del infame. Mientras su sobrina lenguetuéa un
helado y Tomás sostiene firmemente en su mano una bolsa de Mcdonald’s, llegan
dos turistas francesas que hablan del frío de la noche anterior y la naturaleza
kitch de las fiestas patrias chilenas.
Los libros, el viaje y la marginalidad. La
teoría, la experiencia y el poder. El discurso, el cuerpo y la mirada. Todo
ello converge en un solo vagón.
jueves, 1 de agosto de 2013
Pasos lentos
Hay abismos que giran
y vuelven.
Y yo escapo en sentido
contrario.
Pero me hallo en ellos.
Y caigo, relampagueando
suspiros.
Al fin.
Mi nariz entra en razón
porque respiro.
Y recuerdo que también
sigo siendo carne que
se resiste al vórtice de
la desesperación.
domingo, 7 de julio de 2013
Ya más loco.
Las muertes que te hicieron vivir son
inmortales. Se conservan a veces en la conciencia, se manifiesta de vez en
cuando en ese lugar, pero su posada siempre de llegada es en su pasado, en su
recuerdo, en su historia. El transcurso de la experiencia de la muerte sufre
procesos, movimientos que por unos momentos pensamos que alcanzaron un nivel
tal de estabilidad que no provocará más vivencias de nostalgia (claramente que
esta última no es más que una piedra en el camino). Pero esta vuelva a
aparecer, a veces la experiencia del recuerdo y el recuerdo de la experiencia
se unen en un solo sentimiento instintivo de desequilibrio, de una pequeña
perturbación, que aparece contra viento y marea hacia nuestras conciencias, a
meternos ruido, ruidos de arañazos, un ruido en silencio.
Cuando se cumple un ciclo de aquella muerte, de
su bomba de explosión vivencial, el recuerdo grita como una bestia, trae al
presente las imágenes, los llantos y las piedras pesadas que cayeron sobre
nuestros cuerpos que no terminarnos más que dejarnos huellas. Cuando se cumple
un ciclo, cuando se cierra una transición de la muerte, esta abre
implícitamente las puertas de su retorno, para entrar con estrépito y decirnos
que está prohibido olvidar tan pronto, que no es un reconocimiento a nuestra
condición de seres contradictorios y enfermos. Cuando se cumple un ciclo de una
muerte que entregó las fuerzas vitales de hacernos caminar con los hombros
bajos y así sentir que no es más que la pura expresión de la vida, el recuerdo
es inminente, debido la fuerza que porta.
Pero los ciclos están para revivir. Para la
continuación del proceso, donde en su
mismo desarrollo conlleva esos elementos del pasado. Es lindo recordar, porque
con la muy fuerza cuántica de su carácter, siempre habrá un lugar para el
principio, la no relatividad, la cual ha de encontrarse con una mayor fuerza,
una fuerza tal que el mismo recuerdo y su repaso por el corazón es sólo un saludo,
una simple atención para seguir mirando hacia adelante y caminar con nuevas preguntas. Así, la muerte y su ciclo, serán integradas como parte del mismo motor de la vida.
El problema seguirá siendo la pregunta de si el amor es realmente amor o es una expresión patógena de nuestra historia singular.
El problema seguirá siendo la pregunta de si el amor es realmente amor o es una expresión patógena de nuestra historia singular.
Mejor sigamos escuchando Spinetta.
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