lunes, 9 de diciembre de 2013

bicicleta y otras yerbas


Bicicleta y otras yerbas.

Retomé la bicicleta después de un largo tiempo. Puede que el micro y el metro, quienes me transportaban por la ciudad, hayan querido tomar un descanso. O bien dicho, yo, de ellos. No obstante, ambos escondían algo. Y a raíz de este pequeño tiempo en que se han hecho ausentes, he podido detectar algo. Un halo misterioso invisible a la velocidad de sus movimientos.

¿Cómo puedo encontrar algo de seductor al metro, a ese lugar muerto e impersonal, donde el apuro se confunde con miradas ensimismadas de pensamientos? Aún no lo sé, puede ser que esa atracción subterránea se deba a un leve murmullo, lejano y poco descifrable, donde, paradójicamente, y tan característicos de los lugares muertos, se logran captar algunos signos interesantes o alguna voz reveladora. Signos que brotan tímidamente ante nuestro naufragio cotidiano esperando ser puesto en la palma de las manos y dejarse desnudar poco a poco.

El metro, danza de la apatía y el deseo, nos recuerda que el asombro, el azar y la coincidencia, son fuerzas que si bien las hemos guardado en nuestro silencio, pueden dinamitar en cualquier momento la solidez de nuestro ensimismamiento y golpear las pestañas de nuestra mirada perdida, absorbida por macabras fantasías o, simplemente, por la uniforme marcha del tren, la cual unifica todo los sonidos y ruidos de su movimiento en un sencillo adormecimiento de nuestros sentidos.

Y es ante este letargo donde aterriza inesperadamente el asombro, ese momento único e infinitesimal de ver o presenciar algo absolutamente nuevo e inaudito, en que sólo reaccionamos abriendo, sin darnos cuenta, la boca. Ocurre, por ejemplo, cuando vemos manchas de sangre en el piso. ¿Cómo no reducir toda nuestra atención en huellas de sangre? ¿Cómo no anular el resto del mundo con la mirada perdida hacia la sangre hecha huella? ¿Qué fuerza interior nos hace querer observar obsesivamente gotas de sangre en el piso? ¿De qué persona vendrá, de que parte de su cuerpo, qué le habrá pasado? No puedo apartar mis ojos del piso, el encantamiento de simples gotas de sangre marcan un camino totalmente distinto al que en realidad conducían mis pies. Me abstraigo. Y no me importa chocar contra alguien, quien muy bien puede ofrecerme otro asombro, otra coincidencia, otro azar.

Cabe aclarar y hacer justicia, por lo demás, que estos relámpagos de asombro obtienen su fuerza ensalzadora por la monotonía del lugar que lo viste. Porque ante cualquier fondo gris, cualquier mínima mancha oscura resalta. Sin embargo, son relámpagos, sorpresas. Asombros que despiertan con un balde de agua fría nuestros sentidos, purificando nuestras vidas, embelleciendo nuestra percepción con imágenes vírgenes y paganas.



   Fotografía: Diggie Vitt


Sin embargo, tanto el metro, como en un grado menor, la micro, adormecen los sentidos, limitando las probabilidades de aparición del asombro, la coincidencia, o el azar. Uno pudiese pensar, o recordar, que el metro o el micro es una lluvia torrencial de azar, suma incontrolable de encuentros improbables que se materializan, pero que a causa del desconocimiento que tenemos de los rostros con que nos topamos, toda aleatoriedad pierde su valor. Pero ni siquiera esto, porque el valor de una imagen no está en el contenido puntual de su conocimiento, sino en su esencia relacional. Por eso es que si ante el devenir incontrolable de imágenes que presenciamos en el subterráneo del metro no somos capaces de articularla con algo (ya sea con nuestro pasado, nuestro presente o las expectativas de nuestro futuro), o no somos capaces de atribuirle un significado que va más allá de lo visible, de lo inmediato; si no transformamos la imagen, los rostros, los accidentes  o cualquier encuentro sorpresivo, dejamos que el valor de aquello se esfume y se consuma lentamente con la monotonía del tren.

Lo mismo con la coincidencia, constelación de situaciones que convergen en un mismo espacio y tiempo que, si no gatillan algún pequeño significado, pasan absolutamente inadvertidas. El metro y el micro son plataformas bestiales que pueden desatar estas fuerzas. Pero en la uniformidad del micro (siendo mucho más rico en imágenes, ya que siempre se puede mirar por más de una ventana) y en la agonía del metro, la coincidencia o el asombro tienden a dormir. Y así es como el las imágenes dejan de invitarnos a conocer su poder y universo.

Nuestros sentidos en constante movimiento nos conducen mecánicamente a la conciencia de nuestra existencia. Un desplazamiento por la ciudad mediante el imperio sensorial no sólo nos obliga a permanecer en estado alerta, sino que es la fuente culmine de una creación infinita. La imágenes que emergen del movimiento de nuestro cuerpo, de la mecánica circular de nuestras piernas y, por sobre todo, de nuestro control absoluto de nuestro andar y destino, devienen en una mayor riqueza creacional, de una mayor fuerza y poder del asombro y la coincidencia. Simplemente, una bicicleta.

Retomé la bicicleta luego de un largo adormecimiento. Desplazarse por la ciudad moviendo el cuerpo es ya otra historia, desplazarse por la ciudad consciente de la respiración, es ya otro mundo. Desplazarse por la ciudad en un estado permanente de alerta, es ya otro presente.  La gran llama siempre viva de la percepción, diosa a la que le debemos la vida, no detiene en ningún momento su gran marcha. No tenemos la seguridad que nos brinda el metro y el micro, no, porque aquí nuestros sentidos sólo trabajan para rascarse la espalda, y peor aun cuando nos consumimos en la lectura de los libros, desatendiéndonos completamente de los pasajeros, a excepción de si leemos en el pasillo y nos vemos interrumpido en cada párrafo por dar espacio al pasajero que respetuosamente nos lo pide.

En el metro no movemos las piernas, al contrario, nos la mueve el balanceo de esa masa prensada que agoniza en los vagones. Allí, no somos muy conscientes de la respiración, así como para economizar nuestra resistencia al desgaste físico.  Peor aún, sólo nos hacemos consciente para buscar algún hueco de oxígeno y no ahogarnos con el vapor de cuerpos estresados. Alzamos la mirada hacia el techo, como pidiendo alguna ayuda divina.

En la bicicleta, el despliegue de nuestros sentidos está en un trabajo permanente e intenso, necesariamente vivo. Pues sin ello, arriesgamos la vida. La concepción de la distancia cambia de manera brutal. Con el micro y el metro aniquilamos muchas calles, desconocemos sus nombres, sus árboles, sus diálogos con el sol y el ocaso, sus caminantes contingentes. La vida estática arriba de una máquina con motor y neumáticos reduce abismalmente todo ese abanico de posibilidades, impidiéndonos ver en un pasaje recóndito, por ejemplo, el descanso de un anciano a las afuera de su casa, con su silla y su sombrero. Aunque inmediatamente has de volver a tu estado de alerta, a tu consciencia absoluta del movimiento efectuado entre tú y la bicicleta y esta con el mundo. Calculando, anticipándose, intuyendo, presintiendo, imaginando, respirando: pedaleando. Todo ante la más invisible complicidad de nuestro rostro y el viento. Acá, cada imagen deviene ante nuestros ojos por la relación mecánica que sostenemos con la bicicleta. Las imágenes se desnudan en su territorio total: calles, pasajes, casas, árboles, edificios, parques, paraderos, autos, cerros,  trabajadores, bellas mujeres, niños, hombres, colegios, universidades, comerciantes, policía, turistas. La espera de la luz verde del semáforo como suspenso cuadriculado. O sea, todo lo ausente dentro de un micro y un metro.

Ahora bien, si nuestros sentidos están dialogando con la conducción del andar y nuestra percepción dialogando con el riesgo de la vida en movimiento, ¿cómo es que podemos darnos el espacio y tiempo para relacionar las imágenes vistas? ¿Cuál es la ventaja entonces de nuestra relación con las imágenes, ya sea desde su coincidencia y asombro, si estamos sumergidos en el movimiento? ¿Si el micro y el metro, por el mismo adormecimiento de nuestros sentidos, reducen las posibilidades de la creación asociativa de las imágenes, qué nos asegura que, al contrario, el imperio de la gran marcha de los sentidos permita dicho arte? 

sábado, 16 de noviembre de 2013

Madre

Arrinconemos el polvo. Ordenemos la mugre. Envolvámosla.
Perdón útero querido, creadora eterna, perdón.
Espantaré las nieblas de mi ombligo para verte feliz.
Madre creadora de lo eterno. Limpiémonos. Te amo. 

Just Like London

El castillo volará en mil pedazos. Al más allá. Y con la velocidad de su trayecto por los aires se desvanecerá en lluvia de resurrección, retornando impíamente hacia la tierra. Recobrará así sus partes atómicas, reconstituyéndose no sólo con sus antiguas piedras, sino con jardines cada vez más confusos que, sin embargo, esconden siempre flores de aurora. 

lunes, 4 de noviembre de 2013

Anclaje

Cerraré tus ojos por un momento y correré el riego de formular alguna palabra que caiga como un ancla sobre tu pecho y darle así, al menos, un color y una forma y un rostro,  al movimiento misterioso de tu cuerpo y de tus verbos. Quisiera entregarme una humilde nominación y tartamudear siquiera una verdad. Pero tu misterio, lejano e incógnito, me seduce y desnuda. Tu misterio es generoso con quienes esperan afuera. Comparte sencillos ecos de ilusiones que pueden ser escuchados. Y ante mis improbabilidades, es que construyo el arma de mi propia imaginación. Imagino el encanto de nuestro entendimiento indescifrable. El estilo mágico y propio de nuestro delirio lleno de significaciones. Recuerdo el encuentro de dos lenguas extranjeras que hallan en sus diversos bailes una sincronía centrípeta de confusión y humor, del florecimiento sintético de una única y singular lengua.  Más allá de que todo pertenezca a la tiranía desfiguradora de lo real, a la bella arquitectura de mis fantasías espectrales,  no puedo negar y reconocer que fue y sigue siendo una sensación creada también desde la física, de la química. Los símbolos, como devenirse por esencia, pasan también por el corazón, por lo corporal. De lo contrario, nadie se podría comunicar. Al menos, de nuestra especie. Y lo más elemental de cualquier interacción humana, el lenguaje y su juego, el lenguaje y su cuerpo, el lenguaje y su mirada, recaen estruendosamente como huellas de una esperanza, de un deseo. La posesiva  ansiedad masculina y su torpeza lineal, livianamente secuencial y, sobretodo, consagradamente predecibles, se resbalan justamente en la solidez de tu incertidumbre. Evanesciéndose también así todo verbo masculino. El misterio, el misterio de tus vórtices azules, danzan inocentemente alrededor de la frágil cuerda que sostiene mí volantín. Tu remarcada distancia y visible ausencia son dos fuerzas en movimiento que niebla cualquier atisbo de puerto. Ningún anclaje pareciera ser posible. Porque tú eres la ancla misma. El anclaje del misterio. Y la oscilación y devenir de mis delirios fantasmagóricos no tendrán ni siquiera la empatía, por ahora, de darse por muertos. Con tal de darle, aunque sea por un momento,  un rostro y  un color y una forma al fluido del pacífico. Donde naufragan tus barcos de papel. 

Fotografía: Pete Eckert

jueves, 31 de octubre de 2013

Misterio

Misterio

La certeza envuelta de tu misterio se escapa a los lejos, haciéndose casi invisible. La gran paradoja de este gran misterio es que tú, tú, eres la simple aparición de la realidad, de un viaje sintético de acontecimientos visibles. Eres, por decirlo así, la actualización de una posibilidad que ya no está bajo el azar, sino que es real, concreta, tangible y ubicable. Pronunciable. ¿Qué ocurre si tú, realidad, mujer de vórtices azules, escondes un misterio siendo a la vez, en sí misma, un misterio? Sólo me veo acá gritando silenciosamente que vuelvas y así desnudarte, desprendiendo cada imagen depositada luego de tu partida. Tu ausencia hace que el misterio se expanda como el universo, alcanzando una velocidad tal que no me deja más alternativa que los sueños. Te he visto en mis sueños. Sentados los dos en el rincón de un balcón, te pregunto. ¿Son mis coloreadas imágenes, mi solitario durazno y hambre siempre latente quienes te empujan a huir, a callar? Me besas e invalidas tu veredicto. Tus labios aniquilan la sentencia. Y ese pequeño momento de libertad alimenta el interminable camino de tu misterio. Porque tú como misterio y cualquier misterio real no puede recuperar fuerzas más que en mis sueños. Pero no cualquier sueño, sino un sueño de humedad, de manos, de labios, y fuego. Y tu ausencia, pareciera devenir en  un viento que sigue alimentando la imaginación de este abismante misterio. No hay realidad sin imaginación. No hay misterio sin sueños. No hay tú sin yo. 

miércoles, 16 de octubre de 2013

La visita del sable

La visita del sable.


Era el presentimiento de una certeza final que venía, se asomaba, se imaginaba. Hoy llega. Como un sable que actúa escribiendo la definición. Clava sus uñas y su verdad. Ya no hay más intuiciones ni figuraciones. Es real. Su concreción ruidosamente tangible, y cercana, empuja como la espuma de una gran ola. Todas las palabras que afiné con todo mi amor han de quedar en la historia. Incorporadas en el papel, en el cuerpo y en nuestra danza. No más palabras. No más recuerdos de duraznos sangrando. No más de esa sangre como tinta de escritorio. La ambigüedad y la incómoda ambivalencia de tu ausencia presencia que merodeaba el eco de mis pájaros infames han de fluir, poco a poco, en su evanescencia. Por supuesto. La verdad de hoy, con su rabia y su dolor y comprensión entremezcladas pisarán tan fuertes los parpadeos de neón que aún se asomaban por las paredes de la ciudad en ruinas, que no habrá más, nunca más, palabras, vientos y música.

viernes, 11 de octubre de 2013

Más que las palabras y las cosas.

Más que las palabras y las cosas.

Piensas en la escritura pero tienes que leer para sobrevivir o quieres leer para revivir. La incompatibilidad de ambas prácticas en un solo instante empuja a que conduzcas tus energías en una sola de ellas. Sin embargo, sobre toda las cosas y en última instancia,  es la respiración la que se impone brutalmente. Tenemos que respirar. Respiro luego existo. Luego, ya dando unos pasos más, leo. La perdición del alma en la lectura y la tiranía de las palabras sobre un mundo de imágenes en movimiento que limita con el infinito, hacen que, así como de repente, olvidemos la consciencia de la respiración. Yo por lo menos me olvido y puede que alguien más también. No lo sé. Pero cuando vuelvo sobre la respiración: las imágenes, las palabras, los muertos y los vivos de la creación, se destruyen. Se anulan. Y vuelve la conciencia y la respiración en interacción, en su lenguaje. ¿Qué se puede llegar a sentir de esa serpiente? El ritmo y la huella de su trayectoria en los misterios de nuestros cuerpos conducen a una lenta conmoción de fuerzas ciegas innombrables. La respiración ni sobrevive ni revive, sólo vive. Y digamos entonces que una de las batallas susurrantes entre la lectura y la respiración es la que pone en tensión y conflicto la sobrevivencia o la re-vivencia (tragedia-fantasía; impotencia-omnipotencia; Joseph K.- Alonso Quijano) contra la vivencia. Por ahí, sólo digo que la consciencia se fascina con el vórtice de la imaginación de las palabras y se olvida completamente de la respiración. Con la intrínseca ambivalencia de que ocurra viceversa.