lunes, 21 de julio de 2014

lasdosúltimas

Termino de vender estas dos últimas empanadas y puedo pensar seriamente en marcharme a casa. Aunque el frío cada vez se hace más insoportable. Me lengüetea por todo el cuerpo. Penetra en mi piel y viaja como un duende por mis muslos y costillas. Me abrazo y me froto, y así me voy calentando poco a poco.  Es como si un pulpo invisible paseara todos sus gélidos tentáculos por mi cuerpo y me dijera sí, ámate alguna vez, quiérete, y busca en tu propio roce el calor. Y abrazándome espero que alguien, quien sea, se lleve estas dos últimas empanadas para partir casi corriendo a casa y esperar a Laura con el pan, poner la tetera y encender la estufa y así calentar mis calcetas de lanas recién puestas. Pero el frío y su rostro y sus manos no conocen eso que llamamos piedad y va enfriando las empanadas, hasta convertirlas en dos materias lejos de provocar cualquier apetito. Sin embargo nunca falta el hambre insensible a distinguir lo frío de lo caliente, lo crudo de lo cocido, que nos empuja a comer cualquier cosa. Pero gastar plata en un par de masas frías es ya otra historia. Algo entiendo a los muchachos. Ellos se detienen, me miran, me preguntan, se las muestro y pucha señora, están frías, gracias. Y las empanadas cada vez más duras, indeseables. Así que me voy desprendiendo de mis abrazos y busco el calor en lugares muchos más profundos, más invisibles: sí, allá, en el miedo; busco el calor en mis sombras, y como una exclusiva prostituta me cobijo en el terror de escuchar los gritos, los insultos por el fracaso de no ser capaz de vender dos mierdas de empanadas frías. Y el golpe en la mesa, las cachetadas, estúpida, inepta, floja, coquetona, mantenida, puta. Y Laura cubriéndome con su cuerpo llora reteniendo los manotazos de unas manos que, alguna vez, me apretaban los muslos libres de frío.  Pero Laura llegará con el pan y nos refocilaremos tomando té en el banco de la plaza, luego de otro parte municipal y las empanadas a la basura. Llego a casa  y antes de llenar la estufa con parafina, rocío científicamente los pies del sillón. Me escondo tras las cortinas de la cocina y suspiro hasta el último ronquido de un auto que se va estacionando. Trago un poco de saliva y justo en el instante en que el ruido del televisor se superpone a esos bramidos de ogro desplomándose sobre el sillón, arrojo el fósforo desde la cocina  que, volando como un ángel de pelo largo, cae para que vuele yo de una puta vez. Ya sonriendo desde la plaza contemplamos con Laura los gritos de un hombre encerrado dentro de una casa en llamas.

Acá se está bien. 

miércoles, 9 de julio de 2014

entránsito

Mi cuerpo se retuerce de frío. Refugiado dentro de un saco de dormir lucho para llegar al sueño, que más allá de ser el único medio que me permite evadir el cruel frío de invierno, me transporta, a través del recuerdo, hacia los pasos de un viajero ansioso de rutas, rostros y calles afónicas. No sólo el frío suele acantilar el horizonte de mi sueño, más bien es el simple hecho de hallarme en una cama que no es la mía y viviendo en una casa que me es completamente ajena. Escuchar cada mañana la lucha que mantiene la dueña de esta pensión con su cuerpo enfermo, tosiendo y arqueando en un baño completamente descuidado, hace de mis primeros minutos del día una página en blanco; quizás igual o peor como lo suelen hacer las sirenas al violentar el sueño de los conscriptos cerca de las cuatro de la mañana y empujarlos a su formación de asesinos profesionales. Es el frío. El torturador frío del Santiago de invierno, ese frío que tanto teme la invasión brasileña en los momentos previos de aterrizar sobre esta ciudad. Pero yo tengo, además de un par de sábanas y frazadas, un saco de dormir. Un saco amigo, un aliado, compañero reminiscente de viajes engañosos, donde, caminando medianamente encorvado por una mochila atiborrada de soledad, se puede sentir el calor de la gente desconocida. 

jueves, 19 de junio de 2014

barcodepapel


"Bueno, creo que los barcos de papel por un lado significan lo que pudimos cosechar en la conversación de la última noche. Si tengo un paraje nocturno donde navegan barcos vulnerables a cualquier estado marítimo adverso, y mi mente vuelve a discurrir por los significados derivados de aquella situación, a saber, barcos y resistencia, pienso que los barcos de papel devienen en el símbolo paradigmático de la resistencia marítima. Y si lo extrapolamos a la vida misma, que al parecer no tuvo problemas mi vecina en concedérmelo, vienen a significar la resistencia de cualquier vida ante su cercano hundimiento, es decir, ante la muerte. El papel no tiene el mismo tiempo de resistencia ante el agua que la madera, el metal o el hormigón, por lo que lo hace de por sí un material bastante más vulnerable en su navegación. Su tiempo de duración y resistencia será así mucho menor. ¿Y para que entonces construimos barcos de papel? No toda creación significa utilidad, por más que nos quieran hacer ver los tiempos modernos. No todo lo creado ha de ser puesto en función para. No, no, no. A ver. Desde un punto de vista etario, fuimos, o mejor hablaré por mí -y así desobedezco a la apariencia colectiva que impuse con el “podemos…” de la última conversación con mi vecina-; fue y fui en la infancia donde construí más barcos de papel, origamieándola solo en una piscina de plástico. Recuerdo muy bien que presenciaba la muerte lenta y gradual de los barquitos en el justo momento en que su pulpa de celulosa iba siendo debilitada y devorada por el agua que en un principio la sostenía (misteriosa relación entre hidrógenos). Seguramente ante la presencia de otros niños o amigas, donde probablemente se nos hubiese ocurrido jugar a quién construye el barco de papel más resistente y así, ante la fuerza de la competencia, a más de alguno o alguna se las hubiese ingeniado en construir barcos de otro material más resistente al agua, con el objetivo de lograr el triunfo. Pero ese triunfo, con todo su placer y goce inherente, viene ya a advertirnos en que aquella creación exitosa de barcos de papel no significa ni entrega ningún mensaje de resistencia, sino más bien nace ante la búsqueda de un logro, un éxito. Uh… bah, juegos que resignifican símbolos y así se nos va la vida. Parece que mi teoría de una infancia de creaciones sin ninguna motivación teleológica y su construcción de barquitos de papel como contemplación de resistencia a la vida, como teoría papeartística, se está yendo definitivamente al carajo. No, no, no. A ver. Recuperemos el tiempo perdido en su pasado real y no lo contaminemos con supuestos. Lo de la competencia y el  mejor y duradero barquito resistente al agua fue un supuesto, una probabilidad, una fantasía dentro de un recuerdo real. Y de haber sucedido, se lo plantearía mejor a mi vecina. Por lo que no, no, no, no me puedo ir al carajo. Soy un barco de papel y resisto a estos primeros pensamientos matutinos susceptibles de destrucción superyoica. Hilvano desde bien temprano estas cosas para luego en nuestro próximo encuentro balcónico comentarle algo de esto y plantearle que los barcos de papel son en algún grado fieles compañeros de la resistencia no sólo oceánica ni piscineática, sino amigos de la navegación en lucha. Sí. Amigos. De la navegación. En lucha. Uh, la vida misma. Sí, un flash".


lunes, 28 de abril de 2014

esperma

Se esparce con ternura todo el líquido sobre su rostro. Va construyendo lentamente su propia mascarilla.  Las gotas espesas que caían hace unos segundos sobre su ombligo, rellenándolo sin dejar vacío alguno, viajan a través de sus dedos hacia sus mejillas, su nariz, y pasando por el entrecejo, se detienen sobre su frente. Una vez allí, distribuye circularmente toda la sustancia viscosa que le va quedando. Se masajea lentamente todo el rostro. Sus dedos se desplazan con ternura, presionando más fuerte cuando transitan por las sienes, haciendo así del esparcimiento no sólo una danza humectante, sino simultáneamente una relajación, un pequeño dolor placentero. De esta manera Ruiz abre la cascada de sus pensamientos, atrapando entre sus manos la escurridiza idea ecológica del semen. Sí, de ese semen que salpicaba sobre su propio estómago una vez acabada la masturbación. O también, en experiencias pasadas, sobre el cuerpo de sus amores casuales. Sin embargo, su semen ante los ojos de las mujeres sufría una indiferencia, un olvido inmediato. No sé si por un tabú moral burgués o vaya qué tipo de razón no podía transcurrir mucho tiempo en exposición y a la vista de dos almas posorgasmos sumergidas en la vergüenza de querer borrar toda huella salvaje, buscando rápidamente con que limpiarse, y así borrar con algún pañuelo la ruidosa viscosidad. Pero esta vez nada de eso. Nada de aquello. Ahora, en esta privacidad libre de pudor, Ruiz observa su esperma y se la esparce. Ya sin vergüenza ni náuseas vuelven los espermatozoides a su cuerpo, a su cara, a su frente. Esta vez no deparan ni en el olvido de los basureros ni en la violencia succionadora del inodoro, sino que es reutilizado simplemente como sustancia natural de sanación dermatológica. Experimentar con su propio cuerpo para fines saludables y estéticos hacen de aquella mañana una buena forma de comenzar el día poniendo en práctica su creatividad, su diaria ansiedad de impactar al mundo. 

miércoles, 19 de marzo de 2014

Catedral de La Plata



La inmensidad de la arquitectura abre un abismo en mi interior. Me obliga a detener el cuerpo. Me siento. Me emociono. Respiro y vuelvo a caminar por el ombligo de esta catedral. Y la altura del silencio con sus líneas inaprehensibles no sólo va deformando mis pasos, sino que ofuscan todo intento de hacer volar alguna palabra. ¿La descripción? Ese vano esfuerzo. Cuando la impresión y el asombro aterrizan como un trueno, las palabras arrancan asustadas. Sólo bocas abiertas. Sólo miradas pérdidas en cada curva, luz y rincón. Colores en paz. No hace falta acá ni el verbo de Cristo ni sus ministros. Todo esto es ya divino: ¡en sí! No hace falta Dios cuando el alma se confunde con el arte. Ni siquiera de pastillas ni de analistas ni de psiquiatras: ¡sólo es! Todo es sencillo y simple. Pero tan profundo... La imposibilidad de expresar este momento indica ya el primer bofetazo del infinito. Y de haber expresión, no sería desde mis pobres palabras, sino de estas tímidas lágrimas que se van asomando. Bella catedral, salvífico arte. 
Todo es ya… éxtasis.

viernes, 7 de marzo de 2014

La mujer de la línea amarilla

Antes de salir de casa remarca obsesivamente sus labios de un rojo intenso. Llegando a su trabajo saca de su bolsillo la brocha con que pintará de amarillo todos los zapatos que se atrevan a cruzar la frontera de su territorio. Sabe muy bien que en esos momentos su tránsito le recuerda al mundo la cercanía de la muerte. Sin embargo, desconoce que sus labios provocan lo que sus pasos van evitando. 

jueves, 30 de enero de 2014

san mateo

El telón de fondo azul. A veces más plateado y otras veces más oscuro. Así pensaba el mar que estaba frente a mí desde una de las playas de Valparaíso. Me preguntaba cómo describiría Proust la costa del pacífico. O en realidad cualquier imagen que me impresiona de este puerto. Que no son pocas. Pero no sé si el buen gusto de Proust congenie con la verborrea callejera de sus calles. Tal vez Proust sea un excelente viñamarino y no soporte ver cómo un guardia borracho de autos nocturnos orine a destajo sobre la vereda, salpicando fácilmente a quien transite por su lado; o bien cómo los indigentes –o personas en situación de calle, para los buenos cristianos- limpian someramente sus pies amarillos en mitad de la vereda. Así como tampoco podría tener la certeza de su resistencia olfativa a los estrechos callejones de barrio puerto, composición escatológica de pescado y orina. La verdad que desconozco la mirada aristócrata del frágil Marcel. Tan sólo podría mencionar la existencia de un antagonismo cultural. Y puede que mi snobismo proustsiano siga buscando allá donde realmente no haya nada. Pensando palabras impresionistas de alta cultura para las marginalidades del puerto. Tal vez se hace innecesario aquel ejercicio, ya que el valor de la cultura porteña y sus personajes no necesitan de ninguna mirada o pluma ajena, son ellos mismos quienes por largos años han sacado su voz narrativa de la pura y misma experiencia, excluyendo todo intento de exotización. En fin, mejor habrá que terminar con el afrancesamiento de la vagabundeada porteña y pensar en lo cálida que estaba el agua de la playa esta vez. Uno no sólo sumerge su cuerpo entero dentro del agua salada, sino también sumerge toda realidad externa a la uniforme meditación submarina. Son unos segundos de escape, de animalidad, de libertad. 

lunes, 27 de enero de 2014

Huir

Ya estoy cansado. Me recojo. A veces me contraigo como un chancho de tierra cuando este, de espalda en el suelo, recibe un golpecito con la punta del dedo en su barriga. Así creo haber estado estos dos últimos días en mi cama. Yo y mi rostro. Mi rostro y mi almohada. Acomodo a esta última para que mantenga ese bulto suave y acolchonado para el depósito tierno de mis mejillas y el silencio gradual de la desesperación de mi conciencia. Necesito descansar mi cabeza. La bofeteada que me propinó el desenfreno del último sábado vino a evidenciar, una vez más, mi inestabilidad. Aún desconozco la explicación de mi breve huida del mundo. Tal vez el misterio de una huella o la simple voluntad de un dios. O una diosa.  No lo sé. Quizás es oportuno economizar los supuestos y dejarlo como la simple síntesis de la casualidad de los acontecimientos. Danza de una realidad devenida en advertencia. ¿Qué me quisieron decir?  ¿Advertirme sobre el carácter amenazante de los psicotrópicos para la frágil búsqueda de paz de mi espíritu? Por supuesto, la sensación inválida de un cuerpo dañado –aunque el mismo hecho ya  de tener una sensación implica algún cierto grado de validez- luego de un feroz desplome sobre la indiferencia de los adoquines viene a enunciar un mayor autocuidado en los pasos solitarios que, otariamente,  voy dando.  Si no fuera por la presencia casual de un otro, espectador de mi caída, no sé cuánto tiempo más hubiese estado ahí, inconscientemente postrado, sobre el lomo del monstruo nocturno. Mi único grado de consciencia era una simple, fugaz e inconsistente percepción de estímulos deformes que apuntaban hacia mí. ¿Estás bien? ¿Andas solo? ¿Quieres café? Mi única hazaña de manifestar algún mínimo de dominio de sí fue el piadoso movimiento de mis pestañas. ¡Arde mi rodilla, bombea mi hombro! Luchar por abrir los ojos y tener al menos una imagen, deformada o no, se convertía en acción titánica. Debido a que, justamente, formular, gestar, parir o expulsar alguna y cualquiera palabra se hacía imposible.  Por eso es que  la búsqueda de alguna imagen devenida en ancla era el único canal salvífico para sentirme real y afirmar mi conciencia en ella. Así es como a veces imagen y palabra relevan sus fuerzas sanadoras. Sin embargo, la búsqueda no cesaba. Te vas. Vuelas. Y vuelves para volver a volar. Fue el instante atómico e infinitesimal de una muerte perseguida. Creada. Allá donde el ansia de alimentar ridículamente los puntos de fuga se funden con los carruajes del miedo. 

lunes, 6 de enero de 2014

Por un acto de libertad

Por favor, necesito escribir un rato, un poco. ¡Oh, quehaceres vanos, desaten mis manos y pónganlas en libertad, ya! ¿Cuánto podrá soportar el espíritu su encierro y silencio? Las manos, los dedos y la escritura devienen, devienen. Devienen como acto histórico de liberación. Lanzan al espíritu volar como un pájaro eufórico y bestial. ¡Misterioso! Y mientras el viento se confunde con el despliegue del espíritu, las palabras estallan como la única necesidad de conmocionar la pasión de un viaje hacia la libertad.   

sábado, 21 de diciembre de 2013

El frío del sur

El frío del sur



Cuando la sangre se ata por miedo a desvergonzarse y a escuchar los primeros cantos herbáceos, se avecina tranquilamente la música. Ella, armonía ardiente, pide unos minutos de silencio y un momento de distensión para aclarar algunas cosas. Sin antes, por supuesto, de que la sangre silencie su resistencia y diluya su imperio, confundiéndose con los últimos coros herbáceos que se ven allá lejos acercándose.  La música, vestida ella sólo de poesía y sonido, de ritmos y golpes, evoca un recuerdo y habla. Insolente y delirante, desempolva un pasado. Se Pronuncia. Se asoma.  Camina tranquilamente rasgando mi cuerpo y mis manos, despertándome así de una tierna siesta. Deviene como un vendaval bufónico del equilibrio siempre engañoso del gobierno del Yo. Ascienden eufóricamente sus palabras, sus verdades, sus huellas originarias. Provocando con su risa de duende el desorden y el retorno. No lo soñé, no lo soñé, advierte ella. Perseverante e irreverente logra imponerse. Se asienta. Se posiciona. Y me recuerda del fatuo frío del sur y su falsa amenaza. Puede que seamos románticos perseguidos o miradas desventuradas a la hora de hacer frente al frío, subraya la música. El frío del sur, concluye, evanescerá con la ternura de nuestras preguntas, quienes no olvidarán alumbrar los desvíos que niebla la ruta de los náufragos del miedo.  





Pintura: Francisca Márquez



jueves, 12 de diciembre de 2013

¡ay, el conocimiento!

El conocimiento sin la experiencia es una voz artificial, vacía y engañosa. Todo intelectual o pensador de las ciencias humanas o profetas de la política que plantee las últimas verdades de la humanidad y del hombre y su relación con la sociedad, sin haber experimentado todas las realidades posibles que estuvieron a su alcance, o que en su cómoda posición e imagen le cortaron las alas a seguir volando por el universo entero de las experiencias de la vida: de vivir, conversar, embriagarse desenfrenadamente, perderse en la oscuridad y sentir el misterio de los personajes del mundo subterráneo, temblar ante la adrenalina escatológica arriesgándolo todo, bajo una acción o decisión sin reservas de racionalidad ni ahorros de sobrevivencias; sin haberse empapado alguna vez ante la fuerza magnífica de la experiencia, allá donde la razón aún ni siquiera aprende el alfabeto, hacen que  sus verdades consagradamente certificadas devengan en una lenta putrefacción.

Fotografía: Anke Nunheim


Tienen que asegurar su posición. El poder. ¡Oponiendo resistencias! Y así seguir con la fe de que sus almas están más cerca de la salvación. Su ilusión. Todo pensador que tenga el descaro de ser el portador de la llave universal sin estar en diálogo y dados de la mano con la bestia, la euforia, el azar del viento, su angustia y su pasión; o peor aún, ni siquiera como espectador lejano de quienes son los brillantes exponentes de ese conocimiento oculto, de esa sabiduría secreta de la experiencia o Filosofía de la Noche. No, ahí están, observémoslos silenciosamente desde las manos cansadas de su secretaria. Los vemos. Ahí están, encorvados en su oficina, sentados frente a su computadora, custodiados con el ejército de libros agonizantes que sólo balbucean la compilación de artículos indexados.  Nos hablan del sujeto dominado, histórico o creador de sí. Nos instruyen del ser comprendido, el ser explicado, el ser predicho y el ser expresado. Pero ni siquiera nos hablan a nosotros, porque hablan entre ellos mismos. 

lunes, 9 de diciembre de 2013

bicicleta y otras yerbas


Bicicleta y otras yerbas.

Retomé la bicicleta después de un largo tiempo. Puede que el micro y el metro, quienes me transportaban por la ciudad, hayan querido tomar un descanso. O bien dicho, yo, de ellos. No obstante, ambos escondían algo. Y a raíz de este pequeño tiempo en que se han hecho ausentes, he podido detectar algo. Un halo misterioso invisible a la velocidad de sus movimientos.

¿Cómo puedo encontrar algo de seductor al metro, a ese lugar muerto e impersonal, donde el apuro se confunde con miradas ensimismadas de pensamientos? Aún no lo sé, puede ser que esa atracción subterránea se deba a un leve murmullo, lejano y poco descifrable, donde, paradójicamente, y tan característicos de los lugares muertos, se logran captar algunos signos interesantes o alguna voz reveladora. Signos que brotan tímidamente ante nuestro naufragio cotidiano esperando ser puesto en la palma de las manos y dejarse desnudar poco a poco.

El metro, danza de la apatía y el deseo, nos recuerda que el asombro, el azar y la coincidencia, son fuerzas que si bien las hemos guardado en nuestro silencio, pueden dinamitar en cualquier momento la solidez de nuestro ensimismamiento y golpear las pestañas de nuestra mirada perdida, absorbida por macabras fantasías o, simplemente, por la uniforme marcha del tren, la cual unifica todo los sonidos y ruidos de su movimiento en un sencillo adormecimiento de nuestros sentidos.

Y es ante este letargo donde aterriza inesperadamente el asombro, ese momento único e infinitesimal de ver o presenciar algo absolutamente nuevo e inaudito, en que sólo reaccionamos abriendo, sin darnos cuenta, la boca. Ocurre, por ejemplo, cuando vemos manchas de sangre en el piso. ¿Cómo no reducir toda nuestra atención en huellas de sangre? ¿Cómo no anular el resto del mundo con la mirada perdida hacia la sangre hecha huella? ¿Qué fuerza interior nos hace querer observar obsesivamente gotas de sangre en el piso? ¿De qué persona vendrá, de que parte de su cuerpo, qué le habrá pasado? No puedo apartar mis ojos del piso, el encantamiento de simples gotas de sangre marcan un camino totalmente distinto al que en realidad conducían mis pies. Me abstraigo. Y no me importa chocar contra alguien, quien muy bien puede ofrecerme otro asombro, otra coincidencia, otro azar.

Cabe aclarar y hacer justicia, por lo demás, que estos relámpagos de asombro obtienen su fuerza ensalzadora por la monotonía del lugar que lo viste. Porque ante cualquier fondo gris, cualquier mínima mancha oscura resalta. Sin embargo, son relámpagos, sorpresas. Asombros que despiertan con un balde de agua fría nuestros sentidos, purificando nuestras vidas, embelleciendo nuestra percepción con imágenes vírgenes y paganas.



   Fotografía: Diggie Vitt


Sin embargo, tanto el metro, como en un grado menor, la micro, adormecen los sentidos, limitando las probabilidades de aparición del asombro, la coincidencia, o el azar. Uno pudiese pensar, o recordar, que el metro o el micro es una lluvia torrencial de azar, suma incontrolable de encuentros improbables que se materializan, pero que a causa del desconocimiento que tenemos de los rostros con que nos topamos, toda aleatoriedad pierde su valor. Pero ni siquiera esto, porque el valor de una imagen no está en el contenido puntual de su conocimiento, sino en su esencia relacional. Por eso es que si ante el devenir incontrolable de imágenes que presenciamos en el subterráneo del metro no somos capaces de articularla con algo (ya sea con nuestro pasado, nuestro presente o las expectativas de nuestro futuro), o no somos capaces de atribuirle un significado que va más allá de lo visible, de lo inmediato; si no transformamos la imagen, los rostros, los accidentes  o cualquier encuentro sorpresivo, dejamos que el valor de aquello se esfume y se consuma lentamente con la monotonía del tren.

Lo mismo con la coincidencia, constelación de situaciones que convergen en un mismo espacio y tiempo que, si no gatillan algún pequeño significado, pasan absolutamente inadvertidas. El metro y el micro son plataformas bestiales que pueden desatar estas fuerzas. Pero en la uniformidad del micro (siendo mucho más rico en imágenes, ya que siempre se puede mirar por más de una ventana) y en la agonía del metro, la coincidencia o el asombro tienden a dormir. Y así es como el las imágenes dejan de invitarnos a conocer su poder y universo.

Nuestros sentidos en constante movimiento nos conducen mecánicamente a la conciencia de nuestra existencia. Un desplazamiento por la ciudad mediante el imperio sensorial no sólo nos obliga a permanecer en estado alerta, sino que es la fuente culmine de una creación infinita. La imágenes que emergen del movimiento de nuestro cuerpo, de la mecánica circular de nuestras piernas y, por sobre todo, de nuestro control absoluto de nuestro andar y destino, devienen en una mayor riqueza creacional, de una mayor fuerza y poder del asombro y la coincidencia. Simplemente, una bicicleta.

Retomé la bicicleta luego de un largo adormecimiento. Desplazarse por la ciudad moviendo el cuerpo es ya otra historia, desplazarse por la ciudad consciente de la respiración, es ya otro mundo. Desplazarse por la ciudad en un estado permanente de alerta, es ya otro presente.  La gran llama siempre viva de la percepción, diosa a la que le debemos la vida, no detiene en ningún momento su gran marcha. No tenemos la seguridad que nos brinda el metro y el micro, no, porque aquí nuestros sentidos sólo trabajan para rascarse la espalda, y peor aun cuando nos consumimos en la lectura de los libros, desatendiéndonos completamente de los pasajeros, a excepción de si leemos en el pasillo y nos vemos interrumpido en cada párrafo por dar espacio al pasajero que respetuosamente nos lo pide.

En el metro no movemos las piernas, al contrario, nos la mueve el balanceo de esa masa prensada que agoniza en los vagones. Allí, no somos muy conscientes de la respiración, así como para economizar nuestra resistencia al desgaste físico.  Peor aún, sólo nos hacemos consciente para buscar algún hueco de oxígeno y no ahogarnos con el vapor de cuerpos estresados. Alzamos la mirada hacia el techo, como pidiendo alguna ayuda divina.

En la bicicleta, el despliegue de nuestros sentidos está en un trabajo permanente e intenso, necesariamente vivo. Pues sin ello, arriesgamos la vida. La concepción de la distancia cambia de manera brutal. Con el micro y el metro aniquilamos muchas calles, desconocemos sus nombres, sus árboles, sus diálogos con el sol y el ocaso, sus caminantes contingentes. La vida estática arriba de una máquina con motor y neumáticos reduce abismalmente todo ese abanico de posibilidades, impidiéndonos ver en un pasaje recóndito, por ejemplo, el descanso de un anciano a las afuera de su casa, con su silla y su sombrero. Aunque inmediatamente has de volver a tu estado de alerta, a tu consciencia absoluta del movimiento efectuado entre tú y la bicicleta y esta con el mundo. Calculando, anticipándose, intuyendo, presintiendo, imaginando, respirando: pedaleando. Todo ante la más invisible complicidad de nuestro rostro y el viento. Acá, cada imagen deviene ante nuestros ojos por la relación mecánica que sostenemos con la bicicleta. Las imágenes se desnudan en su territorio total: calles, pasajes, casas, árboles, edificios, parques, paraderos, autos, cerros,  trabajadores, bellas mujeres, niños, hombres, colegios, universidades, comerciantes, policía, turistas. La espera de la luz verde del semáforo como suspenso cuadriculado. O sea, todo lo ausente dentro de un micro y un metro.

Ahora bien, si nuestros sentidos están dialogando con la conducción del andar y nuestra percepción dialogando con el riesgo de la vida en movimiento, ¿cómo es que podemos darnos el espacio y tiempo para relacionar las imágenes vistas? ¿Cuál es la ventaja entonces de nuestra relación con las imágenes, ya sea desde su coincidencia y asombro, si estamos sumergidos en el movimiento? ¿Si el micro y el metro, por el mismo adormecimiento de nuestros sentidos, reducen las posibilidades de la creación asociativa de las imágenes, qué nos asegura que, al contrario, el imperio de la gran marcha de los sentidos permita dicho arte? 

sábado, 16 de noviembre de 2013

Madre

Arrinconemos el polvo. Ordenemos la mugre. Envolvámosla.
Perdón útero querido, creadora eterna, perdón.
Espantaré las nieblas de mi ombligo para verte feliz.
Madre creadora de lo eterno. Limpiémonos. Te amo. 

Just Like London

El castillo volará en mil pedazos. Al más allá. Y con la velocidad de su trayecto por los aires se desvanecerá en lluvia de resurrección, retornando impíamente hacia la tierra. Recobrará así sus partes atómicas, reconstituyéndose no sólo con sus antiguas piedras, sino con jardines cada vez más confusos que, sin embargo, esconden siempre flores de aurora. 

lunes, 4 de noviembre de 2013

Anclaje

Cerraré tus ojos por un momento y correré el riego de formular alguna palabra que caiga como un ancla sobre tu pecho y darle así, al menos, un color y una forma y un rostro,  al movimiento misterioso de tu cuerpo y de tus verbos. Quisiera entregarme una humilde nominación y tartamudear siquiera una verdad. Pero tu misterio, lejano e incógnito, me seduce y desnuda. Tu misterio es generoso con quienes esperan afuera. Comparte sencillos ecos de ilusiones que pueden ser escuchados. Y ante mis improbabilidades, es que construyo el arma de mi propia imaginación. Imagino el encanto de nuestro entendimiento indescifrable. El estilo mágico y propio de nuestro delirio lleno de significaciones. Recuerdo el encuentro de dos lenguas extranjeras que hallan en sus diversos bailes una sincronía centrípeta de confusión y humor, del florecimiento sintético de una única y singular lengua.  Más allá de que todo pertenezca a la tiranía desfiguradora de lo real, a la bella arquitectura de mis fantasías espectrales,  no puedo negar y reconocer que fue y sigue siendo una sensación creada también desde la física, de la química. Los símbolos, como devenirse por esencia, pasan también por el corazón, por lo corporal. De lo contrario, nadie se podría comunicar. Al menos, de nuestra especie. Y lo más elemental de cualquier interacción humana, el lenguaje y su juego, el lenguaje y su cuerpo, el lenguaje y su mirada, recaen estruendosamente como huellas de una esperanza, de un deseo. La posesiva  ansiedad masculina y su torpeza lineal, livianamente secuencial y, sobretodo, consagradamente predecibles, se resbalan justamente en la solidez de tu incertidumbre. Evanesciéndose también así todo verbo masculino. El misterio, el misterio de tus vórtices azules, danzan inocentemente alrededor de la frágil cuerda que sostiene mí volantín. Tu remarcada distancia y visible ausencia son dos fuerzas en movimiento que niebla cualquier atisbo de puerto. Ningún anclaje pareciera ser posible. Porque tú eres la ancla misma. El anclaje del misterio. Y la oscilación y devenir de mis delirios fantasmagóricos no tendrán ni siquiera la empatía, por ahora, de darse por muertos. Con tal de darle, aunque sea por un momento,  un rostro y  un color y una forma al fluido del pacífico. Donde naufragan tus barcos de papel. 

Fotografía: Pete Eckert

jueves, 31 de octubre de 2013

Misterio

Misterio

La certeza envuelta de tu misterio se escapa a los lejos, haciéndose casi invisible. La gran paradoja de este gran misterio es que tú, tú, eres la simple aparición de la realidad, de un viaje sintético de acontecimientos visibles. Eres, por decirlo así, la actualización de una posibilidad que ya no está bajo el azar, sino que es real, concreta, tangible y ubicable. Pronunciable. ¿Qué ocurre si tú, realidad, mujer de vórtices azules, escondes un misterio siendo a la vez, en sí misma, un misterio? Sólo me veo acá gritando silenciosamente que vuelvas y así desnudarte, desprendiendo cada imagen depositada luego de tu partida. Tu ausencia hace que el misterio se expanda como el universo, alcanzando una velocidad tal que no me deja más alternativa que los sueños. Te he visto en mis sueños. Sentados los dos en el rincón de un balcón, te pregunto. ¿Son mis coloreadas imágenes, mi solitario durazno y hambre siempre latente quienes te empujan a huir, a callar? Me besas e invalidas tu veredicto. Tus labios aniquilan la sentencia. Y ese pequeño momento de libertad alimenta el interminable camino de tu misterio. Porque tú como misterio y cualquier misterio real no puede recuperar fuerzas más que en mis sueños. Pero no cualquier sueño, sino un sueño de humedad, de manos, de labios, y fuego. Y tu ausencia, pareciera devenir en  un viento que sigue alimentando la imaginación de este abismante misterio. No hay realidad sin imaginación. No hay misterio sin sueños. No hay tú sin yo. 

miércoles, 16 de octubre de 2013

La visita del sable

La visita del sable.


Era el presentimiento de una certeza final que venía, se asomaba, se imaginaba. Hoy llega. Como un sable que actúa escribiendo la definición. Clava sus uñas y su verdad. Ya no hay más intuiciones ni figuraciones. Es real. Su concreción ruidosamente tangible, y cercana, empuja como la espuma de una gran ola. Todas las palabras que afiné con todo mi amor han de quedar en la historia. Incorporadas en el papel, en el cuerpo y en nuestra danza. No más palabras. No más recuerdos de duraznos sangrando. No más de esa sangre como tinta de escritorio. La ambigüedad y la incómoda ambivalencia de tu ausencia presencia que merodeaba el eco de mis pájaros infames han de fluir, poco a poco, en su evanescencia. Por supuesto. La verdad de hoy, con su rabia y su dolor y comprensión entremezcladas pisarán tan fuertes los parpadeos de neón que aún se asomaban por las paredes de la ciudad en ruinas, que no habrá más, nunca más, palabras, vientos y música.

viernes, 11 de octubre de 2013

Más que las palabras y las cosas.

Más que las palabras y las cosas.

Piensas en la escritura pero tienes que leer para sobrevivir o quieres leer para revivir. La incompatibilidad de ambas prácticas en un solo instante empuja a que conduzcas tus energías en una sola de ellas. Sin embargo, sobre toda las cosas y en última instancia,  es la respiración la que se impone brutalmente. Tenemos que respirar. Respiro luego existo. Luego, ya dando unos pasos más, leo. La perdición del alma en la lectura y la tiranía de las palabras sobre un mundo de imágenes en movimiento que limita con el infinito, hacen que, así como de repente, olvidemos la consciencia de la respiración. Yo por lo menos me olvido y puede que alguien más también. No lo sé. Pero cuando vuelvo sobre la respiración: las imágenes, las palabras, los muertos y los vivos de la creación, se destruyen. Se anulan. Y vuelve la conciencia y la respiración en interacción, en su lenguaje. ¿Qué se puede llegar a sentir de esa serpiente? El ritmo y la huella de su trayectoria en los misterios de nuestros cuerpos conducen a una lenta conmoción de fuerzas ciegas innombrables. La respiración ni sobrevive ni revive, sólo vive. Y digamos entonces que una de las batallas susurrantes entre la lectura y la respiración es la que pone en tensión y conflicto la sobrevivencia o la re-vivencia (tragedia-fantasía; impotencia-omnipotencia; Joseph K.- Alonso Quijano) contra la vivencia. Por ahí, sólo digo que la consciencia se fascina con el vórtice de la imaginación de las palabras y se olvida completamente de la respiración. Con la intrínseca ambivalencia de que ocurra viceversa.  

miércoles, 2 de octubre de 2013

Sol-edad y cervezas.

Sol-edad y cervezas

Llegué a las bancas que están a la entrada de La Chascona con una lata de cerveza. Me la tomé religiosamente con toda la fuerza del sol en mi cara y las voces de los turistas que visitaban el patrimonio burgués del ex candidato presidencial comunista chileno. Luego de conseguirme fuego con una pareja de brasileños, es que llegué a la conclusión de que aquel lugar es uno de los pequeños puntos de Santiago en que puedes escuchar distintas lenguas del mundo y sentir así por un momento la sensación de viajar por las culturas que están más allá del desierto y la cordillera.
Aparecen dos jóvenes vagos subiendo la escalera de cemento que está a un costado de la entrada de La Chascona. Uno llevaba una guitarra en la mano (le faltaba la primera cuerda) y el otro una botella de cerveza sellada. No bien se percatan de mi soledad en sol y me preguntan: “¡Buena flaco, ¿qué haces?”, “dialogo con el Sol”, le respondo (ya me había tomado la cerveza). “Ven a sentarte con nosotros”, me dice uno. En ese entonces el sol ya había calcinado toda mi conciencia persecutoria, por lo que no tuve ningún segundo para evaluar la situación y desconfiar de su gesto amistoso. Fui hacia donde ellos y me ofrecieron un vaso de cerveza. Mientras le daba a los primeros sorbos, vi en ellos al prototipo del viajero descuidado alcohólico, haciendo así del lugar turístico dos postales de la vagancia hippie chilena. Ricardo, el guitarrero, me mostró su dentadura. Le faltaban varios dientes, pues me contó que estuvo viviendo trece años en Europa integrando una banda de punk rock, y que cuando estaba en su máximo romance con una chica de Luxemburgo, la policía de Bélgica lo tomó preso y le dio una pateadura de aquellas que te dejan sin dientes. Nunca me quiso contar toda la historia, porque ya estaba cansado de narrarla tantas veces. Le dije que no me la contara, que era mucho mejor así.
 Mientras compartíamos nuestra admiración por Luca Prodan, me contó que el día anterior en una fonda de fiestas patrias un amigo le vendió pasta base a dos lucas, y que no podía haber estado más que feliz, ya que el resultado fue el mismo viaje que invita la heroína. No quise cortarle la inspiración de su relato con recordarle que Prodan huyó de Europa para dejar la heroína por una guitarra y resucitar en Argentina. Era tanta la emoción de su nuevo descubrimiento, el sentir la valiosa cualidad de la heroína en una simple y barata pasta base, que abrió su morral y sacó el polvillo blanco que aún le quedaba. Su amigo sacó de su bolsillo la pipa y comenzaron a quemar. Me ofrecieron con toda la inocencia de un niño, y con esa misma inocencia me negué, sintiéndome a la vez un estúpido pequeño-burgués, porque¿cómo podía haber estado compartiendo con ellos la lúcida locura de Prodan rechazándole después el polvillo blanco con ecos de heroína?
Ricardo habló en inglés y un poco de alemán. Conto hasta diez en griego y saludaba a los turistas de La Chascona en francés. Luego del cuarto vaso de cerveza que me ofreció sacó su guitarra y comenzó a cantar. Lo acompañé en la canción de El baile de los que sobran de Los Prisioneros, Loca de Chico Trujillo y una cueca media tangueada. Me pasó su guitarra y sólo punteé y canté la primera estrofa de Wish you here. Así fue como por un momento me sentí una postal exótica más de los lugares turísticos de Santiago. Su amigo había desaparecido hace ya un buen rato, cansado de haberle tirado mierda a toda la gente que no tenía fuego para prender su cigarrillo, yéndose a perder por las calles pidiendo encendedor. Ricardo, luego de haberle revelado mi inexperiencia en la heroína y la cocaína y en cualquier droga sintética,  se paró frente a mí y proyectando suma autoridad me dijo “Mira loco, yo te voy a explicar cómo es que se consume la heroína”. Fue entonces ahí cuando pude comprender mejor la cuchara que pendía sobre su pecho. Pasaron unos diez minutos más y comencé a extrañar mi estado de soledad anterior, haciendo el amor con el Sol en plena banca. La pregunta sentenciadora que me hizo Ricardo “¿Tú eres un burgués?”, fue el rayo cristalino que develó mi ficción del ser errante. Me despedí del amigo Ricardo con la excusa que tenía que ir a trabajar. Me fulguró con su mirada increpándome “¡Me dejaron solo!”.
Cuando ya llegaba a Plaza Italia tomo mi celular y veo que tenía una llamada perdida. Devuelvo la llamada y era Antonio, ¡Don Antonio Parra!, el fantasma de ochenta y cinco años que conocí una vez vagando por las calles de Valparaíso. Nos encontramos en el “Triángulo de las Bermudas”, etiqueta que le puso él a una esquina del pasaje Fisher, donde “la gente llega y no sabe a dónde ir, se pierde”. Aquel día fue el primero de los dos días en que compartimos caminando por las calles de Valpo. Lo invité a unos cafés con medias lunas, como modo de intercambio a sus cátedras de historia social y política del puerto; su paso por programas de radio teatro en Suecia  y Chile; y su anécdotas de las muchas veces que apareció en televisión y en la prensa. Fue él quien me reveló el sagrado secreto de que Valparaíso fue diseñada por el pincel de un ángel borracho, que la forma de sus calles y casas no tenían más que esa única explicación. Su llamada fue un rayo. “Hola Patricio, ahora me acuerdo de ti, no podía acordarme sólo con el registro de mi celular. Bueno, estoy en cama hace cuatro días, mi salud ya no me deja caminar, y lo que más me duele hijo, es la soledad, he estado llamando a la gente por celular pero todo me dicen que no pueden o que tienen otras cosas que hacer. El doctor me dijo que toda la baja de mis defensas se debía a la tristeza. Me siento muy solo y no sabes cuánto duele la soledad. Espero no haberte molestado y ojalá nos veamos pronto. Muchas gracias por escucharme y disculpa”. Me acordé inmediatamente de La Soledad de Los Moribundos de Elias y qué mal me sentí convirtiendo automáticamente el profundo dolor de un alma humana en el título de un libro. Qué cabeza más hueca. No sabía que responderle a Don Antonio, ¿qué podría aportarle mi experiencia al viejo sabio de Antonio? “Búscame en Youtube”, agregó, como si estuviese recurriendo a los últimos recursos para quedar en la memoria de quien supo de su existencia y así escapar de la muerte haciéndose inmortal. Mi visita a Don Antonio en mi próximo viaje al puerto es ineludible, así como las cervezas y la música que le llevaré para acompañarlo. Ya tengo su número y el rostro de su soledad.

La soledad en la vagancia resulta una lucha permanente consigo mismo, es como si la conciencia estuviera rebatiendo infinitas voces fantásticas y sentenciadoras. El Sol viene a socorrer a la conciencia desventurada quemando con sus rayos todos los gritos de mis pájaros y la cerveza ahoga todo el fuego fatuo que sube por mi estómago. ¿Qué se yo de todo esto y al mismo tiempo qué soy yo en toda esta ficción? Soledad de la marginación y del tiempo. Soledad en una muerte lenta y en una muerte imperiosa. La soledad de la curtida vagancia y la vejez casi inválida son ellas mismas lecciones reales que se presentan como dos garrotazos estruendosos sobre mi cabeza y  que terminan por darle muerte a los rayos del Sol y a la cerveza como falsos auxiliadores. Pájaros infames muertos por manos callosas.

sábado, 28 de septiembre de 2013

La doble mierda



La doble mierda.

Hay que decirlo directamente: tenía ganas de botar mierda. Recorro las calles de Bellavista y Constitución preguntando en cada uno de sus bares por la disponibilidad de sus baños a recibir mi mierda (claramente que no se los plantee de esa manera).  Las primeras respuestas constituyen la razón fundamental para comenzar a blasfemar que las personas de este país son una mierda. Aunque con un ánimo de justicia, es pertinente acotar que no todas las almas de este país son una mierda,  sino que lo son los dueños o trabajadores de bares y restaurantes que aun teniendo el poder de facilitar sus inodoros para que tranquilamente un inquieto esclavo de la necesidad inmediata pueda descargar su mierda, se nieguen, o peor aún, te cobren, manteniéndote en la angustiosa desesperación de no poder descargar ¡tu mierda! El cobro del baño es “algo que sólo lo pueden hacer los chilenos”, reclamaba una amiga argentina cuando tuvo que sufrir la misma situación, y creo que su ojo antropológico no deja de ser certero. ¿Se hace más indigna el alma humana cuando convierte la satisfacción de una necesidad básica en mercancía? Está claro que la putrefacción de las almas que cobran por el uso del baño pudiendo no hacerlo tienen un doble olor a mierda.
Acaba de caer en mi mente un rayo de recuerdo. Aquella noche en que conocí y besé al primer amor de mi vida sufrí también por la necesidad de botar mierda. Entre bailando y creando los primeros verbos de nuestros cuerpos, es que le dije sin ninguna intención de abandonarla que necesitaba por un momento el placer de la mierda, reemplazando así, sólo por quince minutos, el objeto de mi deseo sexual. Al parecer así fue como la enamoré.

Mierda, mercancía y amor se pueden conjugar en una sola situación y sus respectivos recuerdos asociados. Y si somos atrevidos, son los tres problemas fundamentales que urgen a toda alma humana.